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5 de marzo de 2015

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Lie to Me

Impress me like the first day you left me breathless.
They say life is not made for cowards.
I have to confess what you make me feel scares me.
But my feet still standing here.
Lie to me like you never did.
Don't need to know you will be gone.
Lie to me say it's easy. I need to hear this shit from you.
Run away as fast as you can. I tried last night but I give up.
At the same time I need you to stay.
It's hard to breathe when you are gone.
I want you but I'm not what you need.
You try to make me smile. And I try to prettend all this pain do not hurts.
But the way it hurts makes me wanna left this all behind.
So lie to me.
We both know by now. There's no more time for us.
So lie to me.

28 de enero de 2015

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Mario

(...)

Había sido una semana en la que el tiempo había dado marcha atrás y todo había simulado ser igual de perfecto que aquel día en que todo lo fue. Gonzalo se había ido hacía ya dos días pero todavía quedaba el sabor a batalla perdida impregnado en las sábanas, se podía oler en el aire los restos a colonia tan fuertes como el humo del porro que ardía en el cenicero. Pero no quedaba nada de él, se había ido dejando un vacío con su nombre escrito por todas las esquinas.
Mario se apresuró en servirse una última copa antes de que su mejor amigo apareciese por la puerta de casa. Todavía era temprano para empezar a beber, pero fue un consuelo empezar mucho antes de que fuese temprano, no le gustaba llegar tarde a las fiestas, mucho menos a las que se celebran en su casa.
Esta era una de esas ocasiones especiales en las que celebras tantas cosas que no sabes cuál es el verdadero motivo de la fiesta. Alguien había conseguido un nuevo trabajo, o le habían ascendido, o quizá habían quedado todos para planear el viaje que llevaba pendiente desde el verano pasado... Mario llevaba una semana y dos días fuera del mundo real y no había tenido tiempo de prestar atención a su vida de verdad con su ex novio saliendo y entrando de la cama. El caso es que se celebraban muchas cosas y era de muy mala educación ser anfitrión y no estar lo suficientemente borracho para aguantarlo, o eso le había dicho alguna vez Jacobo, más acostumbrado que él a ser el anfitrión.
Una parte de él sabía que sería así cuando se mudara, aunque esperaba algo más de apoyo por parte de su amigo. Aunque los dos eran personas independientes bastante celosas de su espacio, Jacobo parecía tener menos problemas que él con las continuas visitas de sus amigos. Sabía que todo eso se pasaría en cuanto se acostumbrase a tener tanto tiempo libre e hiciese más vida fuera de casa, pero a veces le gustaría poder disfrutar de una charla con él durante más de diez minutos, como en los viejos tiempos.
Mario era una persona extremadamente reservada, tan reservada que había tardado meses en decirle a toda su gente que Gonzalo y él lo habían dejado. Era un experto en dar respuestas ambiguas a preguntas concisas, algo que su mejor amigo sabía muy bien. Pero todo era cuestión de insistencia, Jacobo era una de esas personas que hacen que te sientas a gusto teniendo la conversación más incómoda que hayas podido tener, era la clase de persona que te preguntaba de veinte formas diferentes unas misma pregunta hasta que le dabas una respuesta que le convenciera. Para alguien como Mario, tener un amigo como él podía ser una bendición a veces, otras era peor que un grano en el culo.

(...)


21 de mayo de 2014

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MARIO + JACOBO

(...)

A veces le gustaría tener las respuestas para toda clase de preguntas, incluso con tenerlas para unas pocas se conformaría. Y aunque siempre había pensado que conocer tus límites hacía inteligentes a las personas, muchas veces sentía que esos límites superaban su inteligencia. Él más que conocer sus límites se había limitado innumerables, no por miedo al fracaso, sino por exponer su auténtico yo hacia los demás. Mostrar tu verdadero rostro te hacía vulnerable y nunca le había gustado sentirse así. Por eso Jacobo solía esperar a que las cosas llegasen, sólo por ver si llegaban. Y muchas veces lo hacen, pero otras quedaban en lienzos inacabados condenados al recuerdo perpetuo de lo que pudo ser.

Así era su vida, un lienzo inacabado tras otro. Había sido así desde pequeño, un culo inquieto que no estaba tranquilo en ningún lugar. Siempre empezaba cien cosas, pero nunca terminaba ninguna. Cuando creció las cosas no cambiaron, empezó tres carreras pero no terminó ninguna, vivió en diferentes ciudades pero ninguna le parecía suficiente. En los trabajos la cosa no era diferente. Cuando las ataduras aprietan mejor soltarse cuanto antes. Esa era una de sus muchas filosofías de vida, pero él tenía muchas y algunas veces se contradecían. Pero así era él, una contradicción hecha persona. Siempre perdido entre el hoy y el ayer, el ayer y el mañana, el donde estoy y donde quiero estar.
Empezaba a pensar que lo del trabajo no había sido una buena decisión. Antes tenía que hacer malabares para repartir su tiempo entre el trabajo, sus amigos, su familia y su pareja. Aunque nunca había encontrado el equilibrio perfecto, siempre lo había compaginado medianamente bien. Y ahora la mitad de esas cosas se habían esfumado.
A veces le fastidiaban estos momentos a solas, en los que su cabeza era un no parar de dar vueltas. Habían sido dos semanas de locos, con las mudanzas, las despedidas, las llegadas. Pero ahora todo parecía estar en orden y tenía que aprender a disfrutar del tiempo libre.

(...)

11 de abril de 2014

Sam


La habitación estaba hecha un desastre, siempre lo estaba. Montones de revistas con chicas en pelotas, cuatro o cinco ceniceros llenos de colillas situados estratégicamente en diferentes puntos de la habitación para no tener que moverse, ropa de ayer, anteayer y quién sabe cuántos días más esparcida por el suelo… Todo en aquella habitación era un completo desastre, incluido Sam.
Tenía el pelo negro y corto, totalmente desaliñado, como el de una persona que nunca se peina, de hecho él nunca lo hacía. Enfundado en su inseparable chándal negro y rojo, limpió las gafas con un pañuelo de papel usado que encontró por el suelo. ¿Mocos? ¿Semen? ¿Qué importaba? Sus gafas no podían estar más sucias.
Encendió la mini cadena mientras buscaba en el cajón de su mesilla el último Cd que se había comprado. Era uno de los clásicos del viejo Iggy Pop. A Sam le encantaban los clásicos, no soportaba la nueva generación de música que había salido desde hacía más de diez años. Niños pijos que se iban de rockeros y eran más blandos que The Beatles.

“Pop before the war, lunch before the score. Steady as she goes, following my nose. I’m a bull mongrelthat’s me. Babythat’s me.”1


Sam, o Samuel como le llamaba siempre su madre, era un adulto encerrado en el cuerpo de un chico de veintiún años. Siempre decía que debería haber vivido en la época de los ochenta, donde todos se drogaban juntos y vivían la música empañados en éxtasis y ácido disfrutando del sexo salvaje sin inhibiciones.

Se tiró en su cama desecha y buscó entre las sábanas su cajetilla de tabaco. Era uno de los pocos momentos del día en que podía estar en calma, fumando un porro y no pensando en nada.
Apenas pasaban de las cuatro de la tarde y tenía el resto del día por delante.
Primero una visita a su colega y camello Luis. Después a por algo de priva para la noche. Era viernes, y como todos los viernes el desfase entraba en el menú del día. Para terminar... ¿Para qué engañarse? Nunca se sabe cómo puede acabar un viernes.
El teléfono le devolvió a la realidad. A Sam le gustaban los teléfonos antiguos y su sonido clásico. No entendía la necesidad de la gente de tener un teléfono que se desplazase, por eso no tenía móvil.

«Sam, tío. ¿Qué pasa?»

«Hostia Jandro, me acabas de joder la mejor parte de la canción.»

Alejandro era su mejor amigo. Se conocían desde la época de instituto, pero no habían tenido ningún tipo de relación hasta hacía tres años. Fue una noche en casa de Luis. Celebraban su cumpleaños y estaban todos metiéndose unos tiros cuando apareció Alejandro a pillar marihuana.

Sam le invitó a sentarse a pesar de no estar en su casa. Alejandro se tiró en el sofá y empezó a fumarse un porro mientras los demás seguían metiéndose coca. Sam ofreció una raya a Jandro. Él, por no ser descortés, se la metió.

«¿Qué haces cabrón?»

«He quedado para ir a casa de Luis a pillar algo de "M". Van a venir Paola y Noa. ¿Te vienes o qué?»

Sam no tenía ningún plan mejor. De hecho, ese había sido su mejor plan en lo que iba de semana. ¿Cómo iba a negarse?

Iggy seguía sonando mientras él se duchaba. Había algo purificante en una ducha con aquel viejo sonando de fondo, algo tan mágico como un colocón con los colegas, sólo los buenos, sin nadie más. A Sam no se le ocurría nada mejor.
Su madre llamó a la puerta. No era algo que solía hacer. Normalmente siempre entraba sin llamar, era algo que iba con ella. Como el whisky va con el hielo y las agujas con la heroína.

«Samuel. ¿Te falta mucho? Tengo que ir a trabajar joder.» Su grito se oyó a pesar de la música.


Sam salió con la toalla y vio a su madre por primera vez en toda la semana. Estaba bastante desmejorada desde la última vez que se había cruzado con ella. Tenía todo el maquillaje corrido y un labio roto. Sam no preguntó, hacía ya tiempo que no lo hacía.


«Te has zampado toda la puta comida. ¿No piensas ir a la compra?»

«Estoy sin un puto pavo. Vas a tener que darme pasta.» Sam no la miró, no podía apartar la vista de sus brazos, llenos de moretones por los pinchazos.
«¿Crees que voy a follarme a un puto gordo porque me apetece? Estoy sin un puto duro y el inútil de mi hijo no es capaz de traer dinero a esta casa. Búscate la vida, o vete a una esquina a poner el culo

Sam no quiso discutir, no le gustaba hacerlo cuando su madre necesitaba con urgencia un pico. Era una de las cosas que había aprendido en veintiún años de convivencia. Eso y llamar siempre antes de entrar.

Tenía dinero, pero no iba a llenar otra vez la despensa para que los cerdos que se follaban a su madre por veinte euros y un chute la vaciasen en una noche.
Jandro muchas veces se lamentaba por cómo vivía su mejor amigo, pero eso a Sam no le importaba. Le gustaba su vida tal y como era. Claro que cambiaría un par de cosas si pudiera, pero el ver a su madre metida en la mierda desde que usaba pañales, le había abierto mucho los ojos.
Muchos niños malcriados malgastan el dinero de sus papis en cosas materiales a las que apenas dan importancia pasados los dos días. Sam daba importancia hasta a un maldito pitillo. No es que fuese un maldito tacaño como los jodidos directores de los bancos a los que tanto odio tenía (por lo visto su padre era uno de ellos, o al menos eso le contó siempre su madre), pero sabía exactamente cuánto podía fumar al día, a la semana y al mes para sobrevivir con su mierda de sueldo. También sabía que no podía permitirse pillar toda la marihuana que consumía, por eso la plantaba en su habitación. En definitiva, la vida había hecho muchas putadas, pero él había aprendido a caer de pie.
Sam salió de casa con su riñonera en la cintura. Sólo necesitaba tabaco, hierba y las llaves de casa, y esto último era siempre lo más prescindible. Apenas llevaba unos euros sueltos, pero era lo único que podía permitirse gastar.
Dejó atrás la casa de la que llevaba queriendo escapar desde que tenía uso de razón, a su madre, sus problemas, el trabajo de mierda que le daba de comer… esas cosas nunca las solía sacar de fiesta. Sam tenía un dicho: Si la mierda huele, déjala en casa a airear. Para su desgracia, él tenía mucha mierda encima, pero siempre dejaba la ventana abierta.
Siempre salía a la calle en busca de algo, algo que hasta ahora no había encontrado. Aún sin saber la existencia de esa quimera, Sam se había perdido una y otra vez por el camino buscando ese algo. La búsqueda era agotadora, te lleva incluso a sitios en los que nunca antes pensaste llegar a estar. Al final lo único que queda en el camino son lágrimas, sangre, sudor… ¿Y todo para qué? ¿Qué esperaba encontrar?
Al final del día, Sam nunca esperaba encontrar nada y mucho menos en esta ciudad de mierda que le encadenaba a una rutina infernal de la que no veía escapatoria. Por eso siempre que ponía un pie fuera de casa, Sam tenía un ápice de esperanza de que esa mala suerte truncase, aunque sólo fuese por un instante, instante que sería suficiente para que todo pudiese cambiar.
Pero en medio de toda esa mierda, estaban sus amigos. JandroNoa y toda esa puta gente que le hacía pensar que su mierda no importaba tanto, que le hacían sentir que esa mierda podía cambiar algún día, en cualquier instante.
Sam nunca había sido una persona muy sociable. Se movía por muchos círculos, pero las relaciones que solía tener con la gente rozaban en su mayoría la superficialidad. Todo empezó a cambiar la noche conoció a Luis.
Luis era un tío de puta madre con el que podía hablar prácticamente de todo, controlaba de música, de tecnología, de cine y por supuesto de las mejores drogas. No tardó en convertirse en su camello de confianza, incluso a veces Luis le compraba su marihuana para echarle un cable, quedándose con una pequeña comisión. Eso era un puto colega de verdad.
En casa de Luis fue de hecho donde había conocido a Jandro, donde le había conocido de verdad. Porque ya se conocían de antes, de la ciudad, del instituto, de algunos locales… prácticamente de toda la vida, pero nunca habían hablado.
Aquella noche celebraban el cumpleaños de Luis. Puede que fuese por el éxtasis, la coca o por el buen ambiente que había en la fiesta, pero aquella noche algo hizo que una persona tan asocial como Sam se pusiese a hablar con Jandro sin conocerle de nada.
No tardó en conocer al resto de la gente. Al principio no podía evitar mirar para ellos como niños bien, al fin y al cabo cualquiera a su lado podría considerarse niño bien. Pero esos niños bien se fueron convirtiendo en unos colegas de puta madre que le hicieron mirar el mundo con un poco menos de escepticismo. No todo era blanco o negro, no toda la gente con pasta era una estirada, no todas las tías que visten trapos de moda son unas superficiales.
Sam se sentía afortunado muchas veces al día. Aún con su mierda de vida, con una madre politoxicómana y serios problemas para llegar a mediados de mes, aún con esas sus amigos le hacían formar parte de otro mundo totalmente distinto al que pertenecía.

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